Museo Tibes: un encuentro cercano

Retratos  de  vecinos  de  ‘Las  Indieras’.

Un museo arqueológico donde las piezas de la colección se presentarían de forma subordinada, y donde se daría prioridad a otro tipo de información sobre la vida de los pueblos indígenas, sería, en la mente de cualquier diseñador de exhibiciones, un proyecto arriesgado por demás. Peor aún, si el objetivo de esa exhibición fuera lograr una identificación vivencial de parte del público, de forma que el visitante al museo se sienta parte integral de esos pueblos indígenas; en otras palabras, una exhibición con un discurso de afirmación nacional, en un país donde mencionar esas palabras es igualmente arriesgado. Ese fue el panorama al que nos enfrentamos, cuando recibimos la encomienda de renovar la exhibición permanente del Museo Arqueológico de Tibes, allá para 1989.

Distribución de vitrinas en la nueva exhibición.

Una premisa que teníamos clara desde el principio del proyecto era que los museos levantan sus colecciones mediante una rigurosa selección-acopio de objetos, y que al hacerlo —al destacar unos objetos en particular— producen una interpretación arbitraria de estas colecciones. Con dichos objetos, los museos luego producen exhibiciones que, en resumidas cuentas, son selecciones comentadas u opinadas de la propia colección; selecciones que se convierten en unos “metalenguajes”, es decir, en unos lenguajes que hacemos de otros lenguajes. Por consiguiente, el metalenguaje de la nueva exhibición en Tibes sería un discurso de afirmación nacional a través de unos objetos arqueológicos. Por ser éste un ejercicio subjetivo, sabíamos que nos enfrentábamos a un posible choque de intereses entre los distintos componentes que conformaban la institución museística; de ahí que el político que subsidiaba el museo requería que su ideología prevaleciera en la exhibición; el director del museo intentaría, por todos los medios, influenciar la manera en que se presentaran las piezas; los arqueólogos reclamarían que la exhibición abordara los temas de sus investigaciones y no otros; y los diseñadores emplazarían a todos por igual, para que el mensaje de la exhibición no se convirtiera en una torre de Babel impenetrable. A esas dificultades nos enfrentábamos durante aquel proyecto de renovación museográfica; una exhibición que dos décadas después de completada, aún se mantenía en pie.

La encomienda era renovar una exhibición que había sido inaugurada hacía apenas nueve años, en 1980. Aquella primera exhibición en Tibes estuvo más bien dirigida a la apreciación estética de unos objetos exóticos y valiosos, provenientes de unas culturas aborígenes ya extintas; una exhibición que destacaba las piezas arqueológicas que tuvieran un mejor diseño o que parecieran más exóticas, pero presentándolas desconectadas del tiempo presente, si acaso, haciendo referencia a las poblaciones aborígenes que las fabricaron, pero sin relacionarlas con las nuevas generaciones de puertorriqueños, más allá que de una forma nostálgica. Era un discurso que no pasaba de ser una mistificación del tiempo pasado y un desentendimiento de las conexiones que ese pasado pudiera tener con el presente. La exhibición que propusimos contemplaba un cambio de enfoque: presentar las mismas piezas arqueológicas que ya existían, pero de forma subordinada y menos dramática, dando así prioridad a otro tipo de información contextualizadora; la meta de esta nueva información sería lograr una transformación de la realidad prehispánica a una realidad que pudiéramos compartir con el presente.

Detalle de ilustración de familia aborigen.

En Puerto Rico, la identificación del pueblo con sus antepasados indígenas se ha dado siempre en base a visiones imaginarias y mistificadas. Este manejo del patrimonio cultural por parte de los grupos de poder que controlan los museos se puede ver claramente en aquellas exhibiciones de proyectos arqueológicos donde se presentan a las poblaciones prehispánicas como extrañas o exóticas, en un intento por crear una frontera ilusoria y tranquilizante entre nuestro presente y el tiempo pasado. Para llevar a cabo este manejo ideológico, los museos han utilizado dos estrategias: la de ritualización del patrimonio, como sería por ejemplo, desconectar la cultura prehispánica de las culturas actuales, escondiendo cualquier tipo de relación con el tiempo actual; y la espiritualización esteticista del patrimonio, como sería el reducir un objeto prehispánico a una mera “obra de arte” para la contemplación estética, separado de las relaciones sociales para las que fue producido y escondiendo a su vez cualquier relación con el tiempo actual. Para contrarrestar esas estrategias, se recomienda que los museos den más importancia a los procesos del objeto y su transformación entre el pasado y el presente, prestando atención a los nuevos valores y significados que estos objetos puedan presentarnos, lo que implicaría entender la historia como una relación entre un presente y su pasado, siendo este pasado un pozo de conclusiones del que extraemos para actuar. El miedo al presente es lo que ha llevado al ser humano a mistificar su pasado, provocando con ello una doble pérdida: al mistificar los objetos antiguos éstos nos resultan innecesariamente remotos y el pasado nos ofrece entonces menos conclusiones a completar con la acción. Como asegura un antropólogo francés, “la prehistoria no tiene otra significación que la de fijar al hombre en su presente y en su más lejano pasado; de lo contrario no sería sino la sustitución por un mito…”. 

Deformación craneal en los aborígenes.

Estas reflexiones nos llevaron a considerar los objetos del pasado prehispánico exhibidos en el Museo Tibes como un medio potencial que tenemos los puertorriqueños a nuestra disposición para definirnos a nosotros mismos y para situarnos dentro de una cultura en el tiempo, en el pasado y en el futuro. Convencimos a los funcionarios del Gobierno Municipal que la nueva exhibición debía contar con ilustraciones y fotografías de gran formato, presentando información sobre la vida del aborigen y del uso que estos pueblos dieron a las piezas en exhibición, de forma que pudiéramos corregir la imagen mistificada y tergiversada que tiene la mayoría de los puertorriqueños de sus antepasados indígenas. En los libros de texto y de historia oficial se presenta al indio de Puerto Rico como uno sumiso, cabizbajo y con taparrabos; muchas veces llegando al extremo de representarlos con indumentaria y adornos que corresponden a culturas norteamericanas, desfiguración que delata la mentalidad colonizada de los que auspician este tipo de representación. Habiéndonos planteado la necesidad de corregir estas imágenes negativas y erradas del indio, coordinamos la producción de una serie de ilustraciones a tamaño natural presentando al indio desnudo, orgulloso y con los atributos que caracterizan a los nativos del Caribe, es decir, con la frente achatada por deformación craneal, con pintura corporal, adornos en piedra, hueso y caracol, cinturones ceremoniales, armas de guerra, etc. Estas ilustraciones de las culturas indígenas que poblaron el país, ampliadas a dos metros de altura cada una, se convirtieron en el elemento principal de la exhibición, subordinando así las piezas arqueológicas y otros apoyos gráficos, que debían leerse como un sistema radial de asociaciones en torno a las cuatro ilustraciones principales. Las ilustraciones mostrarían el aspecto general del indio, junto a los objetos de uso personal (adornos, muebles y objetos rituales) colocados muy cerca, en posiciones similares a las utilizadas originalmente. Así, por ejemplo, la ilustración de una familia de indios taínos se ubicó entre objetos producidos por esa cultura: varios cinturones ceremoniales colocados a la altura de la cintura del indio, una india mostrando el uso del cinturón conjuntamente con su enagua. También se colocaron otros objetos como vasijas, armas, sonajeras de caracol, justo al lado o guardando relación con la posición en que fueran utilizados por los aborígenes. La exhibición pondría al indio al alcance del público, tan cerca como para charlar con él, y reconocer los rasgos y las costumbres que hoy compartimos con él. Mostraría cómo eran realmente los antiguos pobladores de Puerto Rico y cómo estas poblaciones contribuyeron a formar lo que hoy es un pueblo diferenciado, con nacionalidad definida. Con igual intención podemos interpretar el uso de grandes fotos de paisajes selváticos en la exhibición; la puesta en escena de fotomurales, como si se trataran de “ventanas al pasado”, intentaba ilustrar el medio ambiente del aborigen a la misma vez que permitía al visitante del museo reconocer algunas de estas escenas de bosques tropicales y manglares costeños que han permanecido inalterados en el tiempo. El visitante reconoce el paisaje y al hacerlo restituye el contexto de la experiencia, de forma que las fotos pasan a expresar aquello que fue y que sigue siendo. El ordenamiento de los objetos arqueológicos se circunscribió a una cronología específica, con intervalos de aproximadamente 500 años, comenzando con las poblaciones más antiguas, identificadas bajo el título Indios Arcaicos: hace 4,500 años. Esta referencia a la antigüedad del pueblo aborigen estuvo directamente relacionada con el tiempo presente (el tiempo de la exhibición), implicando con esto que los boricuas (puertorriqueños) existíamos ya como un pueblo para esa época. La forma de identificar y fechar los asentamientos indígenas provocó un acalorado e inútil debate con el director del museo, quien prefería identificar las épocas con el acostumbrado “antes de Cristo” o “antes de nuestra era”, y las poblaciones aborígenes como “nativos de una cultura arcaica”, frases que a todas luces anulaban las conexiones que pudieran existir entre el pasado y el presente.

Paisaje de manglares costeños.

La exhibición se dispuso en cuatro vitrinas principales, donde se ubicaron todos los elementos del discurso museográfico conjuntamente con las piezas arqueológicas. Se incluyeron cédulas temáticas junto a las ilustraciones de gran formato, recreaciones de tejidos en fibra vegetal, hamacas construidas conforme al diseño prehispánico, fotos explicativas del proceso de producción alfarera, e ilustraciones demostrando el uso dado a las piezas principales de la colección. Las cédulas temáticas fueron redactadas en forma de enunciados con frases cortas que expresaban una idea sencilla, con un lenguaje popular. Se decidió fraccionar así la información en las cédulas por entender que el público no está acostumbrado a leer textos largos en sus visitas a museos. Los textos fueron redactados en un estilo fácil de entender, de forma que un estudiante de primaria no se sintiera perdido al leerla, pero manteniendo unos criterios de expresión que no fueran a alejar al adulto que llega al museo con información previa. Para este trabajo se contrató a un redactor con formación de periodista, hábil en el uso de retórica y la ironía, e identificado con las posiciones de afirmación nacional del proyecto. Esta persona había colaborado anteriormente en la sección de “vida diaria” en un periódico nacional y aportó valiosas ideas para el tratamiento de la información escrita de la exhibición. Por ejemplo, la información sobre la dieta de los indígenas se redactó en forma de columna gastronómica, “delicias del paladar pretaíno”, enunciando algunos aspectos de su arte culinario. Otra información que llamó mucho la atención del público fueron los “consejos indígenas de belleza”, donde se enumeran los aspectos principales de la estética prehispánica, algunos de los cuales guardan semejanza con lo que hoy se practica en materia de belleza en el país. Cerrando la exposición, se presentaron varios retratos de puertorriqueños con características físicas similares a las de nuestros antepasados indígenas, todo bajo un título que leía ¿Qué heredamos de los indios? La cédula temática de esta parte de la exhibición termina con el siguiente enunciado: “nos dejaron un carácter afable y bondadoso, pero orgulloso, de resistencia obstinada aunque estuvieran esclavizados”.

Retrato  de  vecinos  de  ‘Las  Indieras’.

La exhibición permanente que se presentó en 1980 para la inauguración del Museo Tibes, mostraba una serie de objetos de diversas culturas sin otro antecedente que el de su nombre, uso, material y lugar de procedencia. La diferencia entre aquella exhibición de objetos y la exhibición interpretativa con que se renovó el museo está en el cambio de discurso que se llevó a cabo para la segunda (ambas exhibiciones contaron con relativamente las mismas piezas arqueológicas). Esta diferencia ha sido definida de la siguiente manera: “una exhibición factual consiste comúnmente en uno o más objetos con sus cédulas respectivas que los identifiquen y señalen lugar de procedencia. Una exhibición conceptual implica los mismos objetos pero encuadrados en un contexto que ilustre una idea, teoría o principio. Por tanto, el propósito primario de una exhibición conceptual es el demostrar la forma en que se interrelacionan los hechos observables.”

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