Celebremos el arte. Bienal de Venecia (Primera parte)

Zilia Sánchez, Bienal de Venecia, 2017.

En el año 1968, el artista argentino Nicolás García Uriburu vertió treinta litros de fluoresceína en el Gran Canal y el agua adquirió una fosforescencia fenomenal a lo largo de los tres kilómetros de la bella arteria, símbolo indiscutible de Venecia. Se trató de un acto performático inteligente, premonitorio y mágico que nos señalaba un problema ecológico que podía convertirse en un asunto de dimensiones colosales, pero que el arte teñía de esperanza. Nicolás García Uriburu nos alertó y tenía razón, pero no se le quiso escuchar y casi 50 años más tarde, confirmamos asustados que esa esperanza no se ha concretado y millones de turistas consumen en media hora los más emblemáticos rincones y los monstruosos cruceros violan cada día, una vez tras otra, la ciudad más bella del mundo.

Nicolás García Uriburu, Coloración del Gran Canal, 1968. Foto: Galería Henrique Faria.

Las aguas suben, los palacios se hunden, el cambio climático es un hecho, nos dice Lorenzo Quinn con su monumental escultura de dos gigantescas manos que asoman desde el agua apoyando un palacio en señal de socorro. Seguramente, algunos pueden pensar que es una idea ingenua, naif, pero es imprescindible escuchar a los artistas para poder entender el mundo y afrontar el caos, ellos son los que tienen la intuición y la sabiduría para avisarnos de todos los males, con sus preguntas pertinentes y atinadas, a veces con dolor y de forma laberíntica, son los que nos muestran el camino por donde transitar a través de este complejo mundo que habitamos con tanta incertidumbre como desamparo.

Lorenzo Quinn, Bienal de Venecia, 2017.

Cristine Macel se ha propuesto en la 57 edición de la Bienal de Venecia de este año 2017, celebrar el arte. El título Viva el arte viva ya nos avisa de que se trata de una apuesta por la belleza, por los artistas y por el arte mismo, una idea un tanto romántica de ver la figura del artista que se torna interesante, aunque difícil, en estos tiempos líquidos que nos han tocado vivir.

Como en cada edición de la más veterana de las bienales, son dos las sedes curatoriales: la que se expone en El Arsenal, y las diferentes propuestas de los pabellones nacionales que están en Los Jardines, además de las múltiples exposiciones y eventos colaterales que convierten a Venecia en la capital del arte contemporáneo durante los siete meses que dura el evento.

La exposición se articula en nueve pabellones temáticos, dos de ellos en Los Jardines y siete en El Arsenal, por los que el espectador deambula en un continuo a través del astillero veneciano, un lugar imponente y gigantesco, que fue la fuente de la industria naval que hizo de Venecia un imperio imbatible y poderoso a lo largo de muchos siglos.

Una gran carpa tejida por el brasileño Ernesto Neto en colaboración con los indios Huni Kuin, nos da la bienvenida a un espacio para no pensar: “Quiero que paremos. Quiero que no se piense. ¿Por qué pensamos tanto? ¿En qué pensamos tanto? ¿No será mejor esperar un poco y pensar en lo que pensamos?” Tal vez hay que dejar de pensar para empezar a pensar en lo importante y por nuestra cuenta, sin interrupciones ni bombardeos. En este espacio se reconoce la sabiduría de los indígenas y la idea del artista como chamán, una obra espectacular que es una especie de resumen de lo que vamos a ver a lo largo de nuestro recorrido.

Ernesto Neto, Bienal de Venecia, 2017.

Hay múltiples ejemplos de artistas que a lo largo de la historia del arte nos han mostrado su taller, sabedores de que esos lugares de trabajo, que imaginamos a veces como mágicos lugares alquímicos donde el creador transforma la materia, son esenciales en el proceso creativo. En el pabellón de los artistas y los libros, estos espacios se abren para nosotros, dejándonos desconcertados ante los estudios/laboratorios/oficinas/camas/sofás en los que podemos percibir la práctica de los artistas y sus procesos creativos, en la cama, en la depresión, en la lectura de libros o textos y también en la colaboración, aspecto importante para muchos de ellos. En este renglón colaborativo destaca la, como mínimo, problemática propuesta de Olafur Eliasson, que monta in situ un taller para construir lámparas escultóricas en el que invita a la participación de inmigrantes. El color verde y las medidas áureas dan forma a unos módulos que se venden por 250 euros, dinero que será destinado a programas humanitarios. Me pregunto si de esta manera se da realmente luz verde a la solidaridad y se crea conciencia sobre un problema tan complejo y de dimensiones humanitarias tan extraordinarias como es la crisis de refugiados y la emigración.

Olafur Eliasson, Bienal de Venecia, 2017.

La experiencia de vivir con gozos y miedos, con la certeza de la fragilidad, del olvido, del odio, está presente en la exposición de manera muy destacada con la obra de Kiki Smith, siempre capaz de explorar el alma humana a través del cuerpo: “es saludable verse a uno mismo como parte de y en relación con el todo más amplio y verse a sí mismo como un holograma que abarca su totalidad”. Una lectura intimista de la naturaleza humana a través de exquisitos dibujos de una belleza extraordinaria que nos invitan a involucrarnos en su mundo simbólico.

Kiki Smith, Bienal de Venecia, 2017.

El mundo compartido de Maria Lai en obras tejidas con lazos con la comunidad de su pueblo natal, Ulassai, donde nació en 1913 y que pretende con absoluto éxito hacer poesía al mismo tiempo que propone un arte radical y comprometido. Libros de pan y de palabras cosidas (que este año se han visto también en Documenta/Atenas) que convocan al espectador a leer hojas que cuentan su propia historia sanando, suturando, sangrando también a veces.

María Lai, Bienal de Venecia, 2017.

En el pabellón de la tierra el medio ambiente y el futuro del planeta, un video de Charles Atlas nos recuerda insistentemente que la paz no produce dinero y unas columnas de sal de litio señalan la sobreexplotación de los recursos naturales por parte de la sociedad de consumo. Julian Charrière nos habla con esta bella instalación del llamado “petróleo blanco” procedente de Bolivia, cuyas salinas en el suroeste del país, producen este deseado mineral usado profusamente en la industria de productos tecnológicos. Los bolivianos son demasiado pobres para extraer estos recursos y son los rusos, chinos e iraníes quienes llevan a cabo la extracción. Una hermosa arquitectura de la nada, fría y desconcertante como el paisaje del cual procede el preciado material.

Julian Charrière, Bienal de Venecia, 2017.

Las técnicas y prácticas artesanales rechazadas por las vanguardias por tanto tiempo, tienen –otra vez, pero ahora de manera protagónica– una visibilidad enorme en el pabellón de las tradiciones. Anri Sala investiga sobre las posibilidades del sonido en una magnífica obra que consiste en una antigua caja de música que tiene un punto de encuentro en la intersección de dos papeles pintados cuyos patrones son convertidos en música por el peine de la caja. Imagen y sonido en un viaje repetitivo que traduce la figuración en abstracción.

Anri Sala, Bienal de Venecia, 2017.

Las obras de la artista cubana radicada en Puerto Rico, Zilia Sánchez, profesora generosa, solidaria, exquisita y dedicada en la Escuela de Artes Plásticas, “nuestra Zilia”, tienen voz propia en el pabellón dionisiaco que celebra el placer, la sexualidad y el cuerpo femenino. Ahí están destacados sus poéticos lienzos monocromáticos estirados, en los que se asoman formas de conmovedora belleza erótica, que remiten al espectador a la experiencia de acariciar, con el recorrido de la mirada, el cuerpo femenino. Abstracciones que nos remiten inevitablemente a labios, pezones, vaginas gozosas llenas de belleza y sensualidad trabajadas de manera impecable y meticulosa por la artista. Un momento emocionante lleno de orgullo y agradecimiento para Zilia.

Zilia Sánchez, Bienal de Venecia, 2017.

La explosión visual del pabellón de los colores de la majestuosa obra, imponente y celebratoria de Sheila Hicks, nos conduce al final del recorrido por el Arsenal: el último pabellón en el que el tiempo y el infinito son sometidos al principio de la duda en la pieza de Liliana Porter.

Lilliana Porter, Bienal de Venecia, 2017.

Un buen final para un largo recorrido de 500 metros cuadrados cuyo hilo conductor es el arte, como el caldo de cultivo adecuado para la reflexión, la expresión, la libertad y la esperanza.

Sheila Hicks, Bienal de Venecia, 2017.

 

 

 

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