Mala yerba: #tropicaleo y Puerto Rico

Desde el exilio hace cuatro años, Aby Ruiz (Arecibo, 1971) cultiva flores, cactus antropomorfos y pinta formas que injertan verduras y corazones. Las mujeres y los hombres que pueblan una serie de pinturas recientes del artista, son perturbados por enredaderas, suculentas, bouquets y nubarrones. Parecería suponer que no hay nada más allá que un planteamiento sobre la belleza. Pero si vamos al fondo, encontramos unos pies hundidos entre la maleza, un cuerpo sin rostro, un vómito floral, cuerpos sin expresión. Estas escenas nos incitan a rebuscar. Hay unos hilos conductores que podemos trazar en toda la producción del artista, uno de ellos es la censura. La encontramos a través de los follajes que obstaculizan las identidades y las miradas, se nos revelan unos trasuntos maquiavélicos confusos. El artista nos conduce hacia un destino en el que las propias identidades son indescifrables. Y ese descifrar es lo que nos ocupa. 

Aby Ruiz, Frío, 2016.

El arte y la política, tantas veces entrelazados, ya sea desde la intención del artista o desde la interpretación del espectador, propicia la discusión sobre racismo, sexismo, homofobia y colonialismo, entre muchos otros. Se torna pertinente utilizar esta plataforma para concientización sobre temas de importancia en medio de la coyuntura social actual. El arte en los procesos de educación democrática. 

Podemos identificar trasuntos de corte crítico–social en esta serie de piezas que paradójicamente desborda tanta belleza. Reconocemos una mirada incisiva y corrosiva a eso que se conoce como lo tropical–isleño, sin dejar de acentuar la belleza y el gozo por el oficio de la pintura. En este cuerpo de trabajo reciente, Ruiz se ha dejado influenciar por la más incógnita pieza de Hieronymus Bosch–El Bosco, El jardín de las delicias, pieza fechada entre el 1505 y el 1510. Presumo que las multitudes de cuerpos humanos en carnavalescas escenas recreadas por El Bosco y ciertos demonios que alcanzamos a ver, nos dan las claves para concertar un diálogo con nuestro propio jardín isleño y con los propios demonios. Esos ecos retumban en la vorágine reflejada en la pintura de El Bosco, donde predominan cuerpos humanos, animales fantásticos y criaturas desconocidas que parecerían formar parte de una gran oda a la inmoralidad en escenas placenteras. De otro lado, demonios aplican aterradores sufrimientos a otro bonche de humanos. Estos seres revelan en bizarras escenas gestos de sufrimiento y angustia, tal como si el pintor holandés ilustrara secuencias del infierno. En el jardín de El Bosco no abundan las flores, las delicias son precisamente los cuerpos en derroche de sensaciones de todo tipo que contrastan con el jardín de Aby Ruiz. El artista puertorriqueño devela una serie de jardines sicológicos que nos inquietan y al explorar los interiores, se avista el jardín invasivo tal como actúa la mala yerba. Observamos una especie de letargo, un pasar del tiempo en el que ya los líquenes han forrado las cortezas y los interiores. Mientras las figuras vomitan no hay viso de emoción, tampoco se define lucha o reto en estas ánimas. Podría ser la obra de Ruiz un espejo de la idiosincrasia boricua, pero puede también pulsar fibras de una visión generalizada del ser humano. Subrayan calma estos seres a pesar de habitar en un caos, aquí nadie siente nada. Tampoco existe el miedo, ni la desesperación. Los matojos, los cactus y las flores de vibrante paleta, nos ubican en tiempo y espacio: El Caribe. En los jardines de Ruiz las figuras se desdibujan, ya no hay deleite en la pelea. Llanto sin lágrimas, inercia. Estos jardines parecen haber exorcizado las emociones hace mucho tiempo atrás, solamente quedan los enigmas, las flores y una osamenta de perro, como observamos en Sobremesa (2016, óleo sobre tela). Reposa sobre el color rosa un inmenso bouquet de colores calientes que contrasta con la imagen de un cadáver de un perro abandonado sobre una mesa–camilla; el cadáver del perro se transforma en corona de muertos o nacen flores de nuestros restos. 

Aby Ruiz, En el principio, 2015.

Técnicamente es constante en la producción del artista el cancelar con embarres de pintura. Ruiz ataca la tela con la soltura de trazos certeros, conoce cuándo es el momento preciso para detenerse. Deja así establecido una vez más, el dominio del dibujo y la perspicacia en su ejecutar. El color se desparrama más allá de las composiciones, más allá de los enmarcados maltrechos y desgastados, más allá de la ruina. En la pieza En el principio (2015), inesperadamente, advertimos dos pies que no estaban supuestos a estar hundidos en el fondo de tanta belleza. Atisbamos a divisar entre matojos historias censuradas o inconclusas. ¿Debemos de tocar fondo? En la pieza Florecer (2016) y en la titulada Frío (2016) se nos presenta un enorme hombre florero y un hombre azul muerto de frío, respectivamente. Del hombre azul emanan sugestivos olores florales, yace tirado en el suelo. En un suelo que no existe, parecería completarse el ciclo, morir para renacer. En la pieza Lo que se vomita (2016) otro hombre despide flores en enorme arqueada, sin fruncir el ceño, en el jardín ya no hay terreno ni para la repugnancia. La amargura no permanece contenida, explota, revienta, ya no hay tolerancia. 

En la belleza que recrea el pintor, no nos permiten fisgonear, al espectador se le revuelcan los prejuicios tratando de figurar qué pasa detrás de esos nubarrones. 

Estos individuos parecen ser víctimas de la desidia en el clima tropical, aquel que mencionara en el siglo XVIII Fray Agustín Iñigo Abbad y Lasierra cuando nos describiera a nosotros los criollos en su Historia geográfica, civil y natural de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico (1788). Contaba el autor que ya para ese entonces el calor tropical nos ponía perezosos y desaliñados. También contaba que nuestra mezcla racial propiciaba que nosotros los puertorriqueños para esas fechas ya fuéramos de carácter ambiguo. Nos describió generosos y hospitalarios porque la fertilidad de las tierras nos proporcionaba el alimento sin mucho esfuerzo, lo que nos hizo también desinteresados por explotar todas las posibilidades de la siembra. Estamos hablando de un libro escrito en el siglo 18, ¿cuánto nos hemos separado de ese estigma? ¿O cuánto hemos reforzado esa etiqueta? Existe la resistencia, cuando nos vemos reflejados ante el espejo y vemos la cara del exotismo caribeño, la misma cara que ve el colonizador. Resulta interesante que recientemente (enero 2017) generara tanta incomodidad un performance del artista Papo Colo (PR 1956). En el supuesto de que la realidad a la que Colo hace referencia en Procesión–migración es una realidad pasada, basándose en el retrato del puertorriqueño en La Carreta de René Marqués. Las letras de Marqués, escritas en el 1951, retratan a un puertorriqueño, que al mirarlo hoy nos parece congelado en el tiempo pero que a su vez, nos crea malestar que aún ese retrato sea vigente. Muchas interpretaciones apuntan a que el artista a través de esta pieza exalta el colonialismo, otros apuntan a la nostalgia y a la identidad puertorriqueña experimentada sobre todo en la diáspora. Para referencia convendría leer las publicaciones que hicieran el artista Mickey Negrón, la periodista Mariela Fullana Acosta y Dianne Brás Feliciano, curadora y escritora de arte independiente, quienes publicaron en El Nuevo Día, los primeros dos, y Brás Feliciano en el blog nosetratadeganar. 

Aby Ruiz, Las delicias del jardín, 2016.

En la mogolla de la identidad, me cuestiono si los seres de Aby Ruiz son los habitantes del quinto piso que no alcanzó a describir José Luis González en El país de los cuatro pisos (1979), los hastiados. Los personajes isleños que vacacionaban todo el año. Los caribeños abandonados, ¿acaso representan al Puerto Rico actual? Es inevitable mirarse en estos seres. 

La instalación titulada Jardín (2016) aglomera sesenta piezas de diversos tamaños, medios y formatos. La mala yerba, la nube y la mancha, ya no nos molestan en tantas deliciosas variantes. Es precisamente allí que cruzamos miradas con un fauno o con un demonio, primera semilla de emoción. El fauno, que no es otra cosa que un autorretrato del artista, parece que nos mira, ¿cómo manejarnos ante la mirada del artista? Ante una mirada cautivadora, podríamos sentirnos seducidos, también podríamos sentirnos juzgados. Como espectadores tratamos de descifrar la historia de todos estos seres y, de repente, el fauno nos mira y pasamos de espectador a ser observado. Interesante ese intercambio y necesario para lograr entablar un diálogo con el artista o con el fauno, o con el demonio, o con el duende del jardín o con quien quiera que sea. 

A propósito del tan prostituido #tropicaleo 

Desde los noventa el gobierno ha incrementado el interés en la recaribeñización de Puerto Rico. En la actualidad, veinte años después, es muy popular el #tropicaleo. Cada vez más veces se utiliza este término en las redes sociales para autoproclamarse ser parte de la estadística y, por ende, sumarse a la onda del #tropicaleo. En la escena del arte local en reiteradas ocasiones nos encontramos con el mismo discurso reciclado y abusado que espera conseguir el mismo éxito obtenido por otros artistas que trabajaron el tema tiempo atrás. 

Muchos han trabajado esta estética, hasta llevarla al kitsch y al cliché. Se puede hablar sobre un reiterado interés de explotar el cliché del Caribe en la obra de muchos artistas jóvenes. Por otro lado, podemos mencionar las importantes aportaciones a este discurso por parte de Aaron Salabarrías y Carlos Rolón Dzine. Ya hace diez años que la desaparecida feria de arte internacional Circa, presentara en Puerto Rico la serie de fotografías de personajes tropicales (2005) del artista puertorriqueño Carlos Betancourt, la serie Cancionero Kitsch (2005) del mejicano Favián Vergara, y Picada en la terraza de la Fundación Proa (2005) del argentino Marcos López. Si vamos un poco más atrás, la representación de la piña la encontramos con Nick Quijano en Corona de espinas (2004) y la volvemos a visitar 7 años después en las esculturas de Héctor Arce en Metro: plataformaorganizada en Hato Rey para el 2011. Podríamos remontarnos a Jorge Zeno con su Sofá rojo (1997), a Arnaldo Roche con el derroche de hojas y helechos que trabaja hace más de 20 años, a Marta Pérez García con sus dibujos y grabados cargados de sugerentes y exuberantes formas vegetales en los noventa, a José Luis Vargas con su Pintura caribeña (1999), o a los personajes pintorescos de Raquel Pérez Lagomarsini en los 2000, quien contrasta con los seres de Juni Figueroa a partir del 2009. Otros artistas se han sumado al discurso, entre ellos, Edgardo Larregui y Sebastián Vallejo, quienes exaltan la idiosincrasia caribeña y la brillantez del trópico. Sin embargo, El Jardín de los frutos prohibidos/Zona franca (2002), instalación multimedios de Charles Juhász, es uno de los parámetros en el arte puertorriqueño, con un seductor jardín en el aeropuerto con el que el artista aborda las artimañas del puertorriqueño. 

Aby Ruiz, De la serie: Las delicias del jardín, 2016.

Aby Ruiz, uniéndose a una larga tradición y valiéndose de la estética que alude a esa condición isleña, apunta hacia otra cosa, apunta al desgaste de ese concepto y de esa idea. Apunta a la rendición, apunta al coloniaje. Sirve su propuesta pictórica para reflexionar sobre el tema de lo caribeño y lo tropical, y de cómo precisamente esa etiqueta nos ha influenciado en nuestras maneras o nos ha precondicionado a ciertas respuestas y actitudes. No es de extrañar que la etiqueta isleña y toda la fiesta y alegría que supone el Caribe, nos abra o cierre puertas. 

Ya desde el color y la consistencia en su manejo, el artista nos habla desde la pintura y sus accidentes convertidos en soluciones pictóricas. Desde la fluida expresión técnica, nos habla del estancamiento, de la ruina y la desolación. Desde la densa pincelada, arriesgadas composiciones o desde diestras decisiones en los trazos que censuran rostros e historias, nos habla de la belleza en el abandono. 

Estos habitantes condicionados al paisaje y al clima, están condicionados a la ruina del tropicaleo, a la mala yerba y a la belleza decadente. En su obra, nos podemos reconocer como seres acechados en un laberinto sin salidas, caminamos en un tiempo detenido o levitamos siendo tropicales, siendo caribeños, pero sin tener la más mínina idea de quiénes fuimos y ya sin interés de forjarnos un futuro. “Cada generación necesita narrar a Puerto Rico. No hay historias definitivas”, como muy bien dijo Fernando Picó. Debemos ser parte de ese Puerto Rico que se narra todos los días, generación tras generación y que propulsa la evolución y nuevos cambios sociales.

La exposición Las delicias del jardín se exhibe en la Sala de Exposiciones Temporales del Museo de Arte de Caguas, Calle Luis Padial, esquina Segundo Ruiz Belvis, hasta el sábado 3 de junio. Entrada libre de costo. Horario: martes a sábado de 9:00 am a 12:00 pm y de 1:00 pm a 5:00 pm.
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