Exposición de objetos de culto de la catedral de Ponce

La Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico acaba de presentar una exposición pequeña, inusual y fascinante en torno a objetos del culto católico en la catedral de Ponce. Los organizadores, los profesores Marisel Surillo y Antonio Hernández Gierbolini, están catalogando el patrimonio mueble de la catedral atendiendo a una petición del presidente de la universidad y en respuesta a una carta circular de 1999, en la que el Papa Juan Pablo II pedía que se hagan inventarios de este tipo. La idea es tan interesante como necesaria. Casi cualquier iglesia católica de cierta antigüedad guarda, tras bastidores, objetos que van desde pequeños tesoros de mayor o menor importancia hasta “cosas viejas” que tal vez no sean de gran valor artístico, pero sí etnográfico y antropológico.[1] El equipo de la PUCPR está llevando a cabo con diligencia loable una tarea ingente de inventariado y catalogación, cuyos resultados pronto podrán apreciarse en su página web.

Por su dimensión estética e histórica, la exposición debe interesar tanto a católicos como a creyentes de otras religiones y de ninguna. Hay que recordar que a mediados del siglo pasado la Iglesia católica registró un cambio profundo en su presentación y forma de hacer que suele asociarse, de manera a veces imprecisa, con el Concilio Vaticano II (1962-65). En los últimos 50 años el modo de vestir, hablar y comportarse quizás haya cambiado aún más dentro de las iglesias que en la calle. Como resultado, cada vez menos personas recuerdan o han oído hablar del uso de objetos como, por ejemplo, la matraca de mano del Viernes Santo, cuyo sonido se usaba para puntuar ciertos momentos durante la lectura de la Pasión, y para marcar el silencio tras el apagado del último cirio en el officium tenebrarum preconciliar. Con el paso del tiempo, el olvido, deterioro y dispersión de estos objetos descontextualizados y en desuso dificultan el acceso a la historia de la sensibilidad religiosa, un conocimiento auxiliar que resulta imprescindible para entender aspectos de nuestra cultura occidental en las artes plásticas, la música y la literatura.

Matraca de mano, primera mitad del s. XX.

La exposición presenta 42 piezas: custodias, copones, bandejas, báculos, casullas y otros objetos diversos, todo acompañado por textos que explican su función dentro del culto y la labor de inventario (las cédulas parecen ser transcripciones de las fichas de catalogación, un detalle que sumerge al visitante aún más en el proceso). Pero los objetos piden que se cuente, además, otra historia: la de la evolución del gusto eclesiástico durante el siglo XX en el contexto específico de la historia de la Iglesia católica en Ponce.

Nada más entrar, el primer objeto que llama la atención del visitante es una gigantesca custodia procesional hecha de metal dorado, de forma barroca aunque con espíritu y decoración neogóticos. De estilo ecléctico y revival, y más vistosa que importante en materiales o hechura, esta pieza es propia de la primera mitad del siglo XX (aunque el tipo pervive hasta mucho después) y nos hace pensar en un hito localmente importante: la creación de la diócesis de Ponce en 1924, en un momento de relativa pobreza. Aunque hizo falta adquirir piezas de orfebrería, como posiblemente esta custodia, para acomodar la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe a su nueva dignidad catedralicia, el esfuerzo invertido no se concentró en el ajuar litúrgico sino en reparaciones estructurales más urgentes ante el deterioro causado por el terremoto de 1918. (La reconstrucción del arquitecto Francisco Porrata-Doría, acabada en 1937, dio a la estructura su aspecto actual.)

Otras piezas expuestas nos hablan del devenir de la Iglesia católica en Puerto Rico y fuera de la isla a mediados del siglo XX. Por ejemplo, un portaevangelios de plata esmaltada en estilo neobizantino hace pensar en el renovado interés por el cristianismo primitivo tras la Segunda Guerra Mundial, o en la preferencia del importante teórico Romano Guardini por la atemporalidad de la “imagen de culto” del arte bizantino sobre la historicidad de la que llama “imagen de devoción”. Otros objetos algo más recientes nos presentan a una Iglesia ya plenamente aggiornata que ha dejado atrás los estilos revival y gusta en cambio de formas geométricas sencillas y modernas, y que a veces emplea materiales y técnicas no tradicionales, como en este copón de alpaca martelé con nudo sencillo de pasta naranja adornado con dos contarios, taza semiesférica, y tapa con remate en forma de crismón. Además de ser objetos preciosos y sagrados para la religión católica, cada uno de ellos es también testigo de su tiempo.

Copón en metal plateado, probablemente ca. 1970.

Se desconoce el origen de la mayoría de los vasos litúrgicos expuestos, pero se podría buscar su correspondencia con fotografías de otros inventarios y estudios, y también con las ilustraciones que aparecen en publicaciones de la época, tanto en Europa como en Estados Unidos. Los primeros tres obispos de Ponce fueron americanos (hasta la consagración del primer puertorriqueño, Luis Aponte Martínez, en 1963), y no es sorprendente que algunas de las piezas de la exposición parezcan más cercanas la estética del mundo católico de Philadelphia o Nueva York que al de España. Pero la pieza estrella en la exposición es, sin duda, una magnífica custodia en plata dorada y nielada salida del prestigioso taller barcelonés del que fuera platero de Isabel II, Francesc d’Assís Carreras i Duran (Barcelona, 1797-1862).[2] Estilísticamente podría datarse en torno a 1870, por lo que la marca no muy legible debe ser de Francesc Carreras i Aragó (1832-1881), uno de sus hijos y herederos. Resultaría interesantísimo investigar cómo en algunas ocasiones la iglesia ponceña adquirió objetos antiguos como este, y otras veces se decantó por piezas contemporáneas.

Francesc Carreras i Aragó, Custodia en plata parcialmente sobredorada y nielada, ca. 1870.

La exposición brindó una oportunidad única en Puerto Rico para ver muy de cerca (a veces demasiado) objetos que normalmente no salen de las sacristías de las iglesias; en este caso, nada menos que de la catedral de Ponce. Ninguna persona interesada por la historia debería perdérsela pero, por desgracia, solo se ha podido visitar durante un tiempo muy corto, dos semanas desde su apertura el 20 de abril (en la antesala del Anfiteatro Vicente Murga). En sus palabras de presentación, los organizadores del proyecto explicaron que la muestra pretende dar a conocer un trabajo aún en progreso. El proyecto tiene el potencial de culminar en otra exposición centrada en los objetos y su contexto histórico, y que podría incluir obras de otras iglesias puertorriqueñas – un esfuerzo en el cual el Museo de Arte de Ponce estaría más que encantado de colaborar.


[1] Los pioneros, o quizás precursores, en este tipo de proyecto son el equipo liderado por Joel Perrin y Sandra Vasco Rocca, que en 1999 publicó un ambicioso catálogo de 600 piezas, desde candelabros hasta relicarios, instrumentos de música o cestas de la colecta procedentes de un mundo católico que abarca desde Quebec hasta Sicilia. 

[2] La joyería de Carreras e Hijos, ubicada en el número 9 de la calle Platería de Barcelona, aparece mencionada como “plateros y joyeros de la Real Casa”, fabricantes de todo tipo de joyas y objetos con “especialidad en artículos religiosos”. 

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