Soleil Noir

“Eso son las ruinas, escombros de objeto que forman huella para un alguien eventual. La ruina es el objeto visible y virtualmente legible. Vestigio perdido en medio del desierto a la espera indefinida de un descubridor o de un decifrador.”

—Gérard Wajcman, El objeto del siglo

Habría que preguntarse, junto a Siegfried Kracauer, si hay alguna foto que no sea una “vieja” foto, imagen siempre en tránsito hacia un envejecimiento prematuro, cuyo papel aguanta apenas lo que le va encima, siempre paciente de algún signo de decadencia —la moda pasada de moda, la juventud de una jovencita, un árbol hoy arrancado de cuajo que testimonia su propia ausencia, el impacto de alguna guerra, la crueldad de una sequía…—: del acto culpable y corrosivo del tiempo. Cuando Víctor Vázquez opta por la fotografía para explorar “la ruina”, lo hace mediante una subrepticia redundancia: la certidumbre de que se necesita una ruina para hablar de otra.

En su exhibición titulada No vamos a llegar, pero vamos a ir, Vázquez  echa mano de una frase de una obra teatral de Federico García Lorca titulada El público. Es desde la terquedad voluntarista de Lorca que el artista nos confronta con una serie de fotografías e instalaciones que van al meollo de la memoria: ladrillos arrancados de un ruinoso edificio abandonado en el Viejo San Juan —propiedad de Nick Quijano, también artista—, cajas que dan la impresión de guardar los momentos claves de la historia de Puerto Rico, estibas de ropa limpia pertenecientes a una anciana que acaba de morir, una cama que es a la vez una mesa y un refugio, y un tenderete que aguarda porque esa ropa recién lavada se ensucie, y haya que volver a lavarla y colgarla al sol. Las fotos y demás elementos de esta exhibición, cuidadosamente colocados en el espacio de las galerías, se plantan en una domesticidad literalmente arruinada que recoge, si acaso, los síntomas o los vestigios de quien la habitó. Un largo tracto: la ruina que ha seleccionado Vázquez es un edificio colonial en el Viejo San Juan que tiene al menos unos 350 años de historia.

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A primera vista, las fotos de esta ruina nos declaran tanto los estragos del tiempo como los elementos que nos recuerdan esa domesticidad acumulada por siglos y macerada hasta dejarnos sólo sus esencias: la costra de lo humano en el unto grasoso de las paredes, el desgaste de los escalones, el palimpsesto que forman las capas de pintura levantadas como las pieles de mi señora la cebolla, el cielo raso de una habitación derrumbado sobre la sala de estar, y en todas partes, desgarrones por donde se avista el cielo azul de San Juan.

El uso de un joven modelo cuyo cuerpo carea la erosión del entorno ruinoso es esencial: el trauma del tiempo revela una realidad azotada por el deterioro. El que el modelo lleve en sus manos las letras que componen la frase “I am” nos devuelve a la noción de que en ese deterioro se empoza la identidad, construida por el tiempo. Tanto el edificio como su habitante asumen su identidad directamente sobre su estructura y sobre su piel, cerrando este símbolo bifronte que ya nos había propuesto Honoré de Balzac en Le père Goriot: el edificio implica al habitante como el habitante explica el edificio.

De ahí que, para Vázquez, traer a la galería escombros ya inhabitables —ladrillos, basura, polvo— sea tan apropiado: contrario a la vida del habitante, nos explica Virilio, la vida del edificio es muy anterior a su factura, y languidece por siglos luego de que los propios escombros se hayan vuelto invisibles. La huella de la ocupación humana queda en el terreno, en el impacto ambiental y en la memoria documental de esa ocupación. Un detalle me parece fundamental: no hay mejor testigo de esa ocupación y del desarrollo de esa mutua identidad que los cuerpos mismos, cada cual en su peculiar materia. A la ruina de la casa le corresponde la ruina del habitante.

yesoPodría decirse que en esta exhibición, la propuesta es sencilla: el mutuo reflejo del binomio ruina/habitante. Y más que habitante, sucesión de habitantes, tracto, catastro humano. Una intuición que rescata aquí Vázquez me parece fundamental: ninguna ruina es una sola cosa, sino que presenta siempre una antología de tiempos, un relato de vivencias que nos da la noción de que el pasado es siempre más rico de lo que  pensamos, demasiado múltiple como para ser fijado en una sola de sus sucesivas superficies. De ahí que el propio Riegl, frustrado ante la evidencia de esa a-historicidad de la ruina que abraza múltiples pasados, nos diga que, ante la ruina, nos vemos asolados por la melancolía de un pasado que nunca ha sido cabalmente nuestro, por un pasado que, al decir de Benjamin y Olalquiaga, se nos ha vuelto polvo, detritus que emborrona los rasgos de la superficie de modo que ya no nos reconozcamos en ella.

En ese desgaste está, precisamente, la ironía de la ruina: las ruinas están sometidas al régimen del tiempo, y en ese sentido no puede colgarse de ellas una identidad “dura”. La ruina, como nos recuerda Wajcman, no es mero objeto: “Es un objeto reabsorbido, petrificado, o desincorporado, casi ya puro símbolo de sí mismo, a la vez aligerado y cargado de sentido. La ruina hace objeto de los restos de un objeto. El objeto arruinado es el objeto sumergido en el tiempo, marchando con los días. Comido por el ultraje de los años o estropeado por los tumultos de la historia. […] La ruina es el objeto más la memoria del objeto, el objeto consumido por su propia memoria.”

De ahí que Vázquez construya cajas (vacías) para guardar la memoria histórica de Puerto Rico —según lo atestiguan las etiquetas que coloca, en sellos entintados sobre la superficie de cada una—, pero sobre todo de ahí que, para dar cuenta de la melancolía del “objeto-ruina”, el artista nos coloque, como una especie de “lugar-del-objeto-ausente”, un círculo negro —aquí, “identidad”; allá, el fondo de un tiesto visto desde abajo; más allá, un círculo negro que estigmatiza una puerta condenada. Este círculo ominoso, comodín que marca una desaparición que se convoca en la foto como un “black hole” abarrotado de sentido —como la ruina misma, que constituye una monstruosidad semántica—  recuerda el sol negro de Gérard de Nerval en su famoso poema “El desdichado”: el sol negro de la melancolía. Aquí, como en el poema de Nerval, la desaparición del objeto tiene un mayor peso simbólico que su presencia.

En estos palimpsestos que Vázquez nos presenta, nunca alcanzaremos el objeto de la memoria, porque el tiempo mismo nos la ha robado con su desgaste implacable. El pasado no “es”, y por lo tanto no es nuestro. La identidad del habitante, fundamentada en la ocupación de un territorio que disipa su propia identidad en ese desgaste del tiempo, tampoco “es”. Y por eso es que el artista nos advierte que no va a llegar a ese pasado, pero que va a ir, pues el impulso identitario le exige ese viaje que antes de dar el primer paso se insinúa fracasado.

13Por eso, Vázquez aprovecha el carácter efímero del medio fotográfico, el hecho de ser una temporalidad exigua que falsifica la tridimensionalidad de la arquitectura al convertirla en bidimensionalidad inhabitable, al confrontarla con la tridimensionalidad de sus instalaciones en las que recurre a los pedazos mismos de la ruina. A la bidimensionalidad falaz de las fotos de la ruina verdadera, corresponde la tridimensionalidad de las instalaciones que, al recurrir al reposicionamiento de los pedazos de la ruina verdadera, constituyen una falsa ruina colocada en un museo. Traer, desde la ruina sanjuanera, pedazos de ella, sacarlos de su lugar, alocarlos, de modo que ya no esté ella en su lugar propio, sino colocada en el museo convertida en “instalaciones” y en “fotografías”, ese es el twist conceptual que opera este artista para recordarnos el tránsito redentor entre los estragos del tiempo sobre lo real y la acción del arte como segunda oportunidad de existencia de las cosas. Claro, siendo estos escombros documento del estado presente del pasado, vemos claramente que no hemos vuelto a él, pues el pasado ya no está donde estaba, ni es lo que era.

 

Obras citadas:

Marc Augé, El tiempo en ruinas. Barcelona: Gedisa (2003).

Walter Benjamin. “El Kitsch en los sueños. Una glosa sobre el surrealismo”. Sueños. Madrid: Abada (2011).

Siegfried Krakacuer, “Photography”.  en Thomas Levin, ed, Siegfried Kracauer, The Mass Ornament: Weimar Essays. Cambridge: Harvard U Press (1995).

Celeste Olalquiaga, “Dust”. The Artificial Kingdom. On the Kitsch Experience. Minneapolis: The Minnesota U Press (1998).

Alois Riegl. El culto moderno a los monumentos. Madrid: Visor (1983).

Paul Virilio. “Habitar lo inhabitual”. La inseguridad del territorio. Buenos Aires: La Marca (1999): 145-151.

Gérard Wajcman. El objeto del siglo. Buenos Aires: Amorrortu Editores (2001).

 

La exhibición No vamos a llegar, pero vamos a ir, de Víctor Vázquez, estará abierta hasta el 24 de marzo de 2013 en el Antiguo Arsenal de la Marina Española, Instituto de Cultura Puertorriqueña. Para más información visite la página del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

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