La contemplación de la belleza produce placer

Los sueños de expansión británicos se confirmaron en el siglo XVI, durante la dinastía Tudor, con la colonización de América del Norte. Las trece colonias americanas fueron la joya de la corona hasta su independencia en el siglo XVIII. A pesar de la pérdida de estas colonias, Inglaterra y Escocia tomaron una conciencia imperial inusitada y la expansión fue cada vez más grande y exitosa. La India, mediante la Compañía del Comercio de las Indias Orientales, fue esencial en la economía desde el siglo XVII con productos como la seda, las especias y el té. Australia, descubierta por James Cook, se convirtió también en una colonia próspera y leal. Y múltiples tratados de paz ventajosos colocaron a la corona británica en una posición de poder sin precedentes.

Una caricatura del siglo XIX representa a Gran Bretaña como un pulpo cuyos tentáculos alcanzan el mundo entero. Tras vencer a Napoleón, los británicos  lograron construir el imperio más grande de la historia y sus “intereses permanentes” (en palabras del Primer Ministro Lord Palmerston) llegaban muy lejos. La superioridad económica y científica británica posibilitó un largo periodo dorado coronado por la reina Victoria y cuyos constructores  fueron hombres de Estado inteligentes, sagaces y ambiciosos como Disraeli, Chamberlain  o Rhodes, cuya intención era llegar a colonizar las estrellas en su incansable y avariciosa búsqueda de diamantes y oro.

Este es el contexto histórico en el que se enmarca la exposición El Arte del Imperio: tres siglos de arte británico, que se presenta en el Museo de Arte de Ponce hasta el 2 de septiembre y cuyo curador, Pablo Pérez d’Ors, propone como asuntos principales el exotismo junto al nacionalismo, el retrato como símbolo de estatus social, el paisaje y el arte de la hermandad prerrafaelita como reflejo de la búsqueda de identidad y de expresión individual a través de temas sacados de la literatura fantástica. La muestra incluye una ventana al arte contemporáneo representada por artistas de la importancia de Henry Moore, Francis Bacon, Gilbert & George y Damien Hirst, entre otros.

Una mirada detenida a las obras más representativas de la exposición nos permite establecer, dentro de la variedad, un hilo conductor que da coherencia a la muestra: el placer que produce  la contemplación de lo bello. Esta idea de “el arte por el arte” se concreta en una de las obras emblemáticas del Museo, presente en la exposición: Flaming June, de Frederic Leighton. Una figura dormida, ausente de todo, bañada por el sol, elaborada con gran cuidado y minuciosidad y con una rica paleta, trasmite al espectador la captura de un instante de profundo abandono y gozo. Representa mejor que ninguna otra el mundo onírico e idealizado de lo que llamó Rosetti “el dulce nuevo estilo” y la experiencia del arte como un fin en sí mismo, libre de prejuicios morales y religiosos.

Lady StanhopeEl Arte del Imperio muestra lo bello y lo sublime como elementos que están presentes a lo largo de los siglos en el arte británico, más allá de los temas y más allá de las técnicas y estilos. Individualismo, empirismo y exotismo en el gusto y un interés por la naturaleza y por lo pintoresco, son aspectos esenciales para acercarnos a las obras expuestas. Lo pintoresco es un término definitivo en el paisaje británico, un concepto que incorpora la contemplación como vehículo esencial de la experiencia estética. El Retrato de Anne Hussey, de Tilly Kettle, es una obra en la que se evidencian de manera excepcional todos estos aspectos. El artista británico, que viajó y vivió en la India,  presenta a la protagonista en un paisaje de factura impecable que la envuelve y en el que se detiene con entrega en cada detalle, captando la atmósfera de forma totalmente verosímil. El vestido y el calzado nos remiten a un exotismo oriental con un tratamiento cuidadoso de las calidades que nos permite apreciar la riqueza, suavidad y textura de las telas indias y, además, no deja dudas del estatus social de la representada.

La exposición destaca la importancia que tuvo en el siglo XIX el grupo de artistas conocidos como Los Prerrafaelitas y aprovecha de forma inteligente la magnífica colección que posee el Museo de Arte de Ponce, la más importante de este movimiento que existe fuera de Inglaterra. La Hermandad –término con el que se autodenominaban– cuestionaba el falso moralismo victoriano y concebía el arte como un motor de cambio de la sociedad. Proponían un regreso a los artistas anteriores a Rafael y Miguel Ángel, no como una vuelta simplista o nostálgica al pasado, sino como una búsqueda de un ideal que permitiera al arte la formulación de un nuevo estilo de catadura ética y moral. El trabajo colaborativo entre los miembros del grupo permitió el resultado de obras imaginativas de alto contenido narrativo inspiradas en la literatura. En la exposición se muestra el proceso de trabajo de El sueño del Rey Arturo en Avalon, de Edward Coley Burne-Jones, seguramente una de las obras más impactantes de la muestra por su envergadura, tanto en tamaño como en complejidad narrativa. Esta pintura le llevó veinte años de trabajo al artista y los dibujos y bocetos que la acompañan revelan la certeza del dibujo de Burne-Jones y su clasicismo en el tratamiento de los paños y las anatomías de las figuras.

Otras obras como La escuela de la naturaleza, de William Holman Hunt; La viuda romana, de Gabriel Rossetti; La huida de una hereje, de Millais; Isolda y la poción de amor, de Frederick Sandys y la serie El rosal silvestre, de Burne Jones, nos permiten entender por qué los prerrafaelistas merecen ser vistos como el primer movimiento de arte moderno de Gran Bretaña, y como un grupo que se anticipó a algunos presupuestos que más tarde plantearían los artistas simbolistas de la vanguardia histórica.

Anthony Frederick Sandys , Isolda con la poción de amor, 1870.

La valoración de los procesos de creación artesanal y el trabajo/oficio como un asunto de índole moral, se evidencian de forma especial en la gráfica. Este aspecto está muy bien representado en la exposición gracias a la selección de obras de la colección de la Casa del Libro, como Sigurd the Volsung y la caída de los nibelungos y The Pardoner’s Tale, de William Morris, piezas exquisitas en las que los detalles decorativos nos remiten a la naturaleza como portadora de poesía intrínseca. Morris fue un artista muy activo encuestiones políticas,convencido socialista que consideraba que el arte podía ser algo dinámico que formara parte de la lucha contra el monopolio de las empresas capitalistas. Fundó una empresa especializada en muebles y decoración en la que concebía la gráfica como un poderoso, elemento de educación a través del arte. Desde esta empresa se difundió a toda Europa y a América el llamado Art Nouveau, que afectó a todas las capas sociales y que defendía el arte como un estilo de vida.

El arte contemporáneo está representado con trece importantes artistas muy diferentes en cuanto a sus medios y prácticas, que nos amplían la visión de la exposición y que traen algunos de los temas como el paisaje, el retrato y la crítica social a la actualidad. Uno de los pasillos presenta la obra de Damien Hirst, Zinzadze Reagent, en la que el artista explora la belleza mediante puntos de color.  Forma parte de una serie de obras llamada Spot Painting que se encuentran entre las más famosas del polémico (y rico) artista. Los títulos de esta serie están sacados del catálogo de una empresa de productos bioquímicos llamada Sigma-Aldrich y son elegidos de forma arbitraria. La imagen reticular, las posibilidades infinitas de ubicación de los puntos y el elemento azaroso de los colores, le proporcionaron a Hirst la idea que estaba buscando desde que comenzó su carrera: la belleza es la armonía del color en un formato perfecto.

La exposición El arte del imperio. Tres siglos de arte británico está abierta hasta el 30 de septiembre de 2013 en el Museo de Arte de Ponce. Para más información, pueden visitar: El Arte del Imperio

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