Crónica de White Trash

¿Qué tienen en común perros en poses humanas en una pintura del siglo XIX traducida al medio digital, plantas adornadas con cascarones de huevos, figuras blancas pequeñas de hombres y mujeres prestos a zambullirse en una alberca o en una playa, helechos colgados del macetas blancas y copias de figuras de novios a quienes solo les falta la peana tradicional: el bizcocho de bodas? Todos estos y otros elementos de la exposición titulada White Trash de Aaron Salabarrías se vinculan por ser expresión del gusto de la cultura de masas y de sectores sociales puertorriqueños. Se identifican en un sentido general con el Kitsch.

El término, de origen alemán, se empleó por primera vez en el siglo XIX para significar dibujos, baratijas y objetos fácilmente comercializables que se vendían a los turistas.  Abraham Moles, teórico del Kitsch, lo considera un fenómeno social universal que aparece en la modernidad asociado con la cultura de masas y el consumo acelerado en los países altamente industrializados. Clement Greenberg, crítico de arte estadounidense, afirmó en 1939 que en la cultura contemporánea la alternativa a Picasso no era Miguel Ángel, sino el Kitsch. No obstante, las advertencias de Greenberg sobre los peligros del mismo o los de la convivencia de lo alto con lo bajo, el Kitsch devino en un fenómeno social universal.

Abraham Moles señala que el Kitsch es sinónimo de convencionalismo, pretensión, inautenticidad y en algunos casos de mala factura. Él afirma que el Kitsch, además de constituir una tipología de objetos, es un modo de relación, entre otros, que mantienen los seres humanos con las cosas en un sistema económico caracterizado por el exceso de bienes (10). El Kitsch se impone en el momento de opulencia de la cultura burguesa, es decir, en el momento en el que los medios exceden las necesidades y la actividad de consumo prevalece sobre otras constituyéndose en una de significación esencial (10-21). Es el momento cuando la producción reemplaza a la creación mediante la copia de un modelo ya fabricado. Por una parte, la estrategia de la producción irrumpe en todas las dimensiones de la vida constituyéndose en una de sus características principales. Por otra parte, en el proceso artístico se impone el uso de la copia o la apropiación de lo ya fabricado. El artista se apropia de imágenes, técnicas e ideas de otros artistas vinculándose con el arte, los estilos, las obras del pasado y las cosas de la cultura, o de un modo consciente llevando a cabo una reflexión sobre ellas o admitiéndolas como arte a través del modo de relación con el Kitsch.

Moles apunta que: “una sociedad de masas que hace del medio cotidiano un flujo permanente más que un sedimento durable, desarrolla la relación Kitsch como un tipo estable de vínculo entre el hombre y su medio artificial, en lo sucesivo lleno de objetos y de formas permanentes a pesar de su carácter efimero” (23). Otro modo de relación con los objetos de la cultura de consumo lo es el modo de relación surrealista. Este, aunado al modo de relacion Kitsch, resalta el factor de extrañeza resultante de la proximidad de objetos extraídos de su contexto habitual en un encuadre distinto. Gran parte de las obras en White Trash se destacan por su  rareza en el contexto del museo. Ese sería el caso, por ejemplo, de la obra titulada La boda de ella. La obra está conformada por una secuencia de copias plásticas de figuritas de novios colocadas sobre el saliente de una columna en la sala de exposicion en lugar de estar sobre el típico bizcocho de bodas. Las figuritas resaltan por su inconsecuencia estética como objeto escultórico rayando en lo ornamental. Sin embargo, no se aperciben como ornamentos dado que el contexto le impone el significado tradicional del museo: estatuto de obra de arte.

La obra de Salabarrías transita de lo pequeño a lo grande en la pieza titulada Perros jugando póquer. Un lienzo grande es soporte de dos imágenes de perros pintadas por Salabarrías  y de dos fotografías digitales de obras de Casius Marcelus Cooliege, pintor estadounidense del siglo XIX. La apropiación de las imágenes de Cooliege es parte de la ‘producción” de la obra, siendo el tema de la misma una reflexión sobre la relación  entre lo incautado y las partes pintadas por el artista. La originalidad deviene en la hibridación entre lo pintado por Salabarrias y su utilización de las imagenes de Cooliege.  Se opera una transfiguración de la obra Kitsch de Cooliege en “arte culto” por medio del soporte de dimensiones grandes y la sustitución  de los colores  del original por el blanco y el negro sugerentes del medio gráfico y fotográfico. El trastoque parece irónico porque la pintura de Cooliege reverbera con asociaciones del arte como, por ejemplo, la pintura de Vincent van Gogh titulada Los comedores de papas.

Si el blanco y el negro de la fotografía digital transfiguran la obra de Cooliege en el lienzo de Salabarrías, no menos cierto es que el blanco enlaza otras piezas variopintas que se incluyen en la exposición. El blanco de los cascarones de huevos en la punta de las hojas de las plantas de sávila contrasta con los bordes de sus hojas en las fotografías de dimensiones grandes. El blanco es también el elemento unificador en las obras tituladas Bañistas, compuestas de figuritas pequeñas de mujeres voluptuosas o de mujeres y hombres  gordos.  La amabivalencia de los signos se acentúa haciendo posible permutar los objetos e imágenes Kitsch en arte. Sin embargo, los objetos transfigurados están tan sumergidos en la banalidad que su potencial para la contemplación estética resulta comprometida. Salabarrías logra hacer de lo Kitsch arte, dándole un soporte a lo inconsecuente, una de las fuentes de la alienación del ciudadano contemporáneo.

Moles comenta que el Kitsch no es alienación, pero la alienación contiene el Kitsch. Si el objeto artístico, como todo producto, tiene un público, la producción, también, no solo crea un objeto para un sujeto sino un sujeto para el objeto. La producción suministra los materiales, modifica el modo de consumo y suscita la necesidad de lo que produce. La cultura al ofrecer el Kitsch para el disfrute del ciudadano en su tiempo libre, un producto inconsecuente y banal sin significación cultural y económica, establece el modo de relación entre el consumidor y el producto resultando en un proceso de alienación (42-43).

Salabarrías al reflexionar sobre esa realidad de la cultura contemporánea, insertaría su obra en la agenda de la vanguardia histórica, cuestionando los valores burgueses y los de la economía capitalista. Muestra lo banal desplegándolo sin reparo y  contraponiéndolo a sí mismo mediante las herramientas del arte: el enmarcado, el soporte, la desmesura de las dimensiones y la manipulación cromática.  El artista en el reemplazo de los colores por el blanco en la figuritas y por el negro y blanco en las imágenes digitales de Cooliege parece asumir un modo ascético de relación con el Kitsch; el ideal del muro blanco o de Blanco sobre Blanco de Malievich. Este es el modo de eliminar las cosas, hacer del menos el más, retirarse del mundo de los objetos para aspirar a una trascendencia que no parece posible entre lo trivial.


A partir de esa aspiración es compresible el epíteto de white trash para el Kitsch que se muestra en esta exposición. La conjunción del sustantivo blanco con el de basura connota, entre otros, un sentido peyorativo sobre el contenido de la obra y un sentido elogioso al mostrar su metamorfosis en su despliegue por medio de las dimensiones grandes de las imágenes  digitales y en la ulilización del blanco en las figuritas y en los marcos de las fotografías. El apelativo, obviamente, no se refiere a un sector de la sociedad estadounidense sino a los productos de consumo masivo que transfigurados por medio del blanco parecen alcanzar un estado artístico superior al que la ausencia de color sugiere; pareciera que el desvestir al objeto de su cromatismo le despojase de una parte sustancial de su banalidad.

Referencia:

Abraham Moles. El kitsch. El arte de la felicidad. Barcelona, Buenos Aires y México: Ediciones Paidós. 1990.

La exhibición White Trash, de Aaron Salabarrías, estará abierta hasta el 6 de abril de 2013 en la Galería Nacional del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Para más información, visite el Instituto de Cultura

Print Friendly

Comments are closed.