Cajas de Pandora

La estación espacial, ubicada en la calle Miramar, en Santurce, es un espacio de arte y de proyectos diseñado como plataforma transitoria de arte contemporáneo. Su director, Guillermo Rodríguez, lo define como un lugar que busca abrir un diálogo local e internacional mediante exhibiciones, charlas y eventos, proponiendo el espacio de exhibición como un campo de ensayo periódico. Rodríguez ideó el concepto como parte de su afiliación al programa especializado La Práctica, organizado por Beta-Local, una reconocida entidad de praxis artísticas multidisciplinarias ubicada en el Viejo San Juan.

De los proyectos que se han llevado a cabo hasta ahora en la Estación Espacial, Pandora es el quinto de ellos, el cual tuvo lugar el 22 de mayo del presente año. La propuesta curatorial, concebida por Paula Borghi (São Paulo, 1986), invita a un grupo de artistas brasileños a enviar a Puerto Rico una caja de no más de 27x18x9 centímetros, la cual debía contener una obra de la autoría de cada uno de ellos. Aunque la curadora seleccionó el grupo de artistas, no propuso condición alguna al contenido de las cajas ni al montaje que debía tener la exposición, una vez abiertas las cajas. Estas se descubrirían al momento de la apertura por los visitantes, y debían ser exhibidas o descartadas para la exposición según el criterio colectivo.

La primera caja que se abrió en la noche de apertura, de la autoría de Cladio Trindade, fue desvelada ante los invitados, quienes con cervezas en las manos y risas de complicidad esperaban expectantes el inusitado momento. En su propuesta, una capa transparente de celofán se despliega, quedando como mantel readymade sobre la mesa, donde seguirán exhibiendose los próximos contenidos. 

De las catorce cajas enviadas, ocho de ellas tuvieron a hombres como autores y seis de ellas a mujeres. Cada una estaba identificada con el nombre fuera del paquete, aunque el haber ocultado la autoría de cada una de ellas habría ayudado a profundizar en la intensidad del evento, incentivando hasta el final el anonimato de cada propuesta. Tanto las identidades como el contenido provocan reacciones diversas ante la decodificación de lo matérico y su significación. La totalidad de los trabajos recibidos supuso una muestra heterogénea en cuanto a la experiencia y trayectoria de cada artista, ya fueran jóvenes o consagrados. Algunas piezas, como la de Bruno Bapttistelli (1985), quien cuenta con una sólida trayectoria artística en y fuera de su natal São Paulo, no fueron reveladas durante la muestra por estar en formato digital (CD).  

  

Gokulla Stoffel (1988) presenta la única caja intervenida con pintura en su interior. La artista, de formación autodidacta, aprovecha la segmentación del espacio para articular volúmenes que tridimensionalizan la propuesta pictórica. Stoffel utiliza también el paquete de envío, transformándolo en una caja expositora, en un artefacto que cumple como transporte y como muestrario de un producto, simultáneamente.  

Artistas como Natalie Salazar y Larissa Jordan utilizaron el papel como propuestas conceptuales, aludiendo tanto a la movilidad como al estancamiento. Las solicitudes en blanco de Salazar, a manera de instrucciones de montaje y llenablancos, trepidan en el espacio formal y desplazan la rectitud del establishment a un constante cuestionamiento. Las fotos de Fernanda Grigolin, también impresas en papel, establecen una declaración feminista en la muestra. Grigolin, activista por los derechos humanos, trabaja con montajes fotográficos a manera de libros de artista. Sus piezas presentan pequeñas historias animadas primitivamente (flipbooks) que denuncian regímenes autoritarios y opresivos.

Los artefactos y los diversos objetos funcionaron como elemento sostenido en la apertura de Pandora. Rodrigo Quintanilha sondeó postulados en chapas magnéticas de los que se adhieren a neveras y otras superficies. Entre materia y objeto resaltan  palabras que apelan a la dislocación de la conciencia colectiva. Los guantes pintados de Pedro Caetano son parte de una colección de objetos utilitarios que el autor viene trabajando desde el año 2014. Usando espátulas, herramientas y objetos encontrados, Caetano trasforma la superficie matérica en soporte para sus pinturas.

El grueso de la muestra recae en el objeto encontrado y en el readymade. La secuencia con que se muestran los objetos una vez expuestos conducen a una lectura de alto contenido conceptual, ejecutada en ocasiones con una dosis de humor. Así se nota en la pieza de Leo Ayre, Globo con linterna, Mona Lisa postal, de Gustavo Geronimo, y la declaración de independencia o el Ya llegué y me liberé de ser hipster y ahora soy Floraissance de André Feliciano. La caja de Beth Neves causó gran impacto entre los visitantes [ver video]. Por su parte, Principio Activo fue la caja que llevó el espacio de la algarabía a la expectación y de ahí nuevamente al jaleo. La artista produjo una foto de múltiples bloques rectangulares en un material metálico grabado en lenguaje Braille. Aunque la foto presentaba los objetos en su forma original, la caja se abrió para mostrarlos aplastados y torcidos.

La reflexión inmediata levantó interrogantes sobre la mutilación de los paquetes por parte de los aduaneros y lanzó cuestionamientos sobre la composición de los bloques. Pandora podría considerarse como una exposición interactiva, pero el alcance de su contenido conlleva una cúspide sensorial que va más allá del estímulo inmediato. La experiencia inducida a nivel trans-interactivo provoca reverberaciones en planos culturales, sociales e ideológicos. La manera en que nosotros, como entidad cultural, percibimos al otro funciona como detonador, provocando reacciones sobre el trabajo de determinados artistas de un país, en este caso, un encaramiento con la cultura contemporánea brasileña.

Malvina Sammarone utiliza la secuencia numerológica conocida como Sucesión de Fibonacci para su trabajo sobre papel. La pieza, de dimensión escultórica, se despliega como una torre numérica que comienza en la cúspide con el número 1 hasta llegar a la base, multiplicado por los resultados de sí mismo. Artistas como Roman Opalka y On Kawara han utilizado los números como protagonistas en sus propuestas contemporáneas. La Sucesión de Fibonacci puede encontrarse tanto en el arte como en el cine, la literatura y la música. En la pieza de Larissa Jordan, el código y su naturaleza estructural se compactan para hacerse accesibles y pocket size, transportado como un recuerdo constante de la presencia numérica en nuestro espacio.

Por su parte, la caja de Jorge Feitosa fue lo más cercano al shock cultural que se experimentó en la muestra. El contenido incluía una rica diversidad de elementos nativos de Brasil, confeccionados por diferentes grupos endémicos del interior del país. La belleza de las vasijas con elaborados grabados tallados en la superficie contrasta con el enigma que provocan objetos y collares ceremoniales, dardos de plumas y huesos zoomórficos. Aquí entra el aspecto especulativo ante el prisma cultural preconcebido y el significado de cada objeto. ¿Amuleto, maleficio, souvenir? La caja viene acompañada de un folleto ilustrado con información adicional, pero de inicio persiste el asombro ante lo desconocido y el reflejo propio hacia una similitud cultural extinguida.

  

La estación espacial, un proyecto creado como plataforma transitoria, debería ponderar la longevidad de su espacio en la oferta expositiva del país. En su constante preocupación por la continuidad del diálogo intercultural, podría considerarse la constitución de este proyecto como un programa piloto establecido. Es necesario implementar propuestas como esta, en lugares que desarrollen eventos que acerquen nuestra diversidad a un plano íntimo de proximidad. 

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