La imperfección de la realidad

La representación del horizonte ha atraído la mirada de grandes maestros en la historia del arte. Caspar David Friedrich, con su Monje en la orilla del mar (1809); Pierre-Auguste Renoir, con Puesta de sol en el mar (1879); y el Horizonte olvidado, de Salvador Dalí (1936), son tres destacados ejemplos de este particular interés. El término horizonte, en cambio, tiene un origen mucho más antiguo que el siglo XIX. Este deriva del griego y se refiere a la línea que aparentemente separa el cielo y la tierra, o el mar, en este caso. Mientras que los griegos entendieron el horizonte como límite o punto destacado, tanto los artistas visuales como los músicos suelen utilizarlo como un símbolo de ansiedad, de nostalgia o de utopía.

Recogiendo esta tradición pictórica, Carmelo Sobrino protagonizó, en 2004, la exhibición Horizontes y Musarañas, en el Museo de Arte de Ponce, y ahora, diez años después, vuelve con La mirada horizontal, una exhibición con veinte obras recientes, que abrió el pasado 28 de agosto en la Galería de Arte de la Universidad del Sagrado Corazón. Según declara el propio artista, estos horizontes son productos de su meditación, de que “encuentra paz” al contemplar el horizonte, y me atrevería a decir que también son reflejos de su ansiedad y de su nostalgia. Sobrino nació en Manatí, en 1948, donde se crió, en parte, en el campo, con un horizonte definido por montañas y por la cercanía del mar. A día de hoy, lleva más de veinte años contemplando el Atlántico desde su balcón, en Bajamar, Puerta de Tierra.

 

Pintar es meditar
Aparte de dedicarse toda su vida a la creación artística, Sobrino es un hombre de letras. Equipado con una extraordinaria memoria en lo que a libros, conversaciones, películas y noticias se refiere, Sobrino se desconecta y se recupera pintando o disfrutando en la naturaleza, ya sea en los parques, las playas o las montañas de Puerto Rico. Pintar es para él una meditación que le permite vivir en esta isla tan llena – o barroca, como dice el artista -, sin volverse loco. El país colonizado le duele. Dibujar y pintar son también sus vehículos de introspección y de sanación. De hecho, Sobrino ha desarrollado un método de expresión creativa, el cual le gusta también compartir en sus talleres de la “línea viajera”, en el que sus discípulos aprenden a nutrirse del inconsciente.

En lo que a esta exhibición respecta, todas las pinturas son de reciente factura, finalizadas a lo largo de este año. Además de su propósito de representar horizontes, sus obras demuestran también su fascinación por el automatismo surrealista, cuyos principios básicos giran alrededor de la no racionalidad, del inconsciente, del instinto, la observación y la espontaneidad, entre otros.

Vincent y Paul
Sobrino admira profundamente la obra del postimpresionista Vincent van Gogh. No es casualidad, de hecho, que la imagen que ocupa la invitación [en portada] se titule Horizonte a Vincent. En este sentido, sus horizontes me recuerdan también al artista Paul Klee, cuyas pinturas abstractas e expresionistas Sobrino conoce a la perfección. Observando su Pastorale (Rhythms), de 1927, o Death for the Idea, de 1915, tengo la sensación de “ver un Sobrino”. O al revés: contemplando CARM me da la impresión de “ver un Klee”. ¿Estaría Sobrino pensando en el Horizonte olvidado de Dalí cuando escogió esa paleta de tonos grises?

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Pero Vincent también está. Veo los campos de trigo de Van Gogh en DAR –que además me recuerda al Monje en la orilla del mar, solo que en ausencia del personaje– y también otras de sus obras, donde los amarillos y los intensos azules son espejo del sol ardiente que tanto se da en este trópico de 2014. A su vez, los campos de verano en Francia de 1890, donde van Gogh, arrebatado por una depresión, pintó sus últimos cuadros, vienen también a mi memoria. Horizonte a Vincent parece un Van Gogh girado.

¿Qué es lo que Carmelo quería mostrarme con estas pinturas?
– “¿Qué es lo que tu ves o sientes?”, sería su respuesta.

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El horizonte de 360 grados
Veo pinturas de acrílico sobre lienzos bastante grandes –dieciséis de las veinte obras miden 48 pulgadas o más. Me gusta la presentación de la muestra, en la cual la coordinadora de la galería, Norma Vila Rivero, vecina del artista en Puerta de Tierra, respeta el deseo del artista de no bloquear la vista horizontal de 360 grados que conforman las paredes de la sala. En los primeros planos encuentro barrios simbolizados por triángulos (techos de dos aguas) y círculos (arboles y cabezas), ambas imágenes símbolos que también usaba Klee. Veo siluetas de gente, líneas que pueden ser autopistas y otros elementos urbanos. Basta salir de la Universidad por la Avenida Eduardo Conde y mirar desde las alturas de Sagrado Corazón o de Monteflores, a través de los sectores de Seboruco y María Moczó hacia a Ocean Park, para darnos cuenta de que Santurce es una de las zonas más densamente pobladas de todo Puerto Rico. Y aquí está RIA con la Avenida Baldorioty de Castro, que desfigura la cara del pueblo como una cicatriz.

En el centro de las obras, líneas de mayor o menor definición entre diferentes barrios y el mar, horizontes, donde comienza el cielo. ¿Realmente existen ciudades azules y cielos de oro, barrios violetas y mares verdes? Y esta línea amarilla ¿simboliza la arena o es un reflejo del sol? No tengo que entenderlo. Hay libertad en la abstracción. También la hay para cualquier espectador. De la misma libertad vive el Atardecer en el mar de Renoir.

 

Más allá de la perfección
Comparados con los horizontes del pasado, los más recientes son más sueltos, menos perfectos. Aparece salpicaduras y manchas donde antes había pinceladas controladas. El artista emplea acrílico en vez de óleo, lo que le permite trabajar con más rapidez. La mirada horizontal del pintor no necesariamente se refleja en líneas perfectamente horizontales. ¿Soy, quizás, víctima de ilusiones ópticas? En su imperfección, los paisajes se acercan más a la realidad. Ya no existe la naturaleza perfecta. Vivimos en el Antropoceno, una época en la cual las actividades humanas han tenido un impacto global sobre los ecosistemas terrestres.  

Carmelo Sobrino, cuyo taller frecuento regularmente desde 1989, no se limita a pintar panoramas o arte marino. Pero los paisajes y los horizontes también marcan sus bodegones y sus famosas escenas playeras. Y muchos de sus grabados se basan en paisajes urbanos, campestres y costeros. Las obras presentes en La mirada horizontal son paisajes abstractos, estudios de colores y composiciones. Son la respuesta vibrante a la austera exhibición de Mark Rothko y Hiroshi Sugimoto, Dark paintings and seascapes, presentadas en Pace Gallery, Londres, en 2012. Son, como dice el artista, una invitación a contemplar “los humores del Atlántico”.

La mirada horizontal me invitada a mirar más allá de las obras o de las paredes de la galería. Me invita a relajarme y a soñar… Y, por cierto, si no fuera por las sombras sobre los pueblos, los matices de color apagados que se imponen entre los colores intensos –saludos a Klee y Van Gogh–, por unas formas que me hacen pensar en tsunamis o tormentas, me dejaría llevar felizmente por la infinidad de ese mar.

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¿Puede ser que Carmelo tuviera un presentimiento cuando pintó esta serie? Cómo no preguntárselo, si justo al terminarla, se cayó bajando las escaleras de su taller. Le operaron de emergencia en el disco cervical y a la vez detectaron que sufre del síndrome Guillain-Barré. Me imagino que, desde entonces, La mirada horizontal tiene otro significado completamente distinto para el artista, que enfrenta un largo camino de rehabilitación hasta poder subir nuevamente a su balcón y contemplar el horizonte. Mis mejores pensamientos le acompañan durante este proceso doloroso. 

La exhibición La mirada horizontal, de Carmelo Sobrino, puede visitarse en la Galería de Arte de la Universidad de Sagrado Corazón hasta el 18 de octubre de 2014. Para más información, pueden visitar la web de la Galería y la del artista.

 

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