Conocer con los pies. Una aproximación a San Juan oculto, de Jorge Lizardi

Si reírse del prójimo nunca es recomendable, aún resulta peor si uno siente que se ríen de él frente a sus propias narices. Así me sentí en varias ocasiones al intentar acceder al Viejo San Juan en hora punta y verme enfrentado a aquel enorme billboard que anunciaba uno más de los proyectos irracionales del anterior alcalde, bautizado con el sugerente nombre de The Walkable City. Resultaba, en sí mismo, una negación ontológica y epistemológica del propio proyecto y de lo que anunciaba. Verme en la obligación de observar esa propuesta absurda y contradictoria mientras estaba detenido dentro de un auto suponía la negación absoluta a la posibilidad de enfrentarme a la arquitectura y la ciudad a través de una experiencia completamente corporal, razón de ser de la esencia arquitectónica.

Esta anécdota, que no lo es tanto, me sirve para resumir uno de los pilares ideológicos del autor: hay en la escritura de Jorge Lizardi una obsesión continua por la experimentación urbana desde el cuerpo y contra el cuerpo por culpa de prótesis como el autómovil, y justamente este debate de difícil solución representa el núcleo de su más reciente publicación. Porque San Juan oculto solo se puede experimentar con las limitaciones y las fascinantes cualidades de nuestro cuerpo y desde nuestro cuerpo, sin el obstáculo de un vehículo motorizado ni la costumbre dominical de dar un paseo por la ciudad a bordo del auto, observando a duras penas el viejo San Juan como si fuera una postal o un billboard desde el expreso de donde venimos o hacia el que obligatoriamente regresamos. Es decir, como una experiencia otra, una experiencia virtual enajenada y enajenante a partes iguales.

Reconozcamos, no obstante, que tradicionalmente el Viejo San Juan no es precisamente un lugar idílico para los paseantes. La estrechez de las aceras, que en los últimos años se está corrigiendo en varios tramos de sus calles, dificultan el paseo de los transeúntes aunque, por el contrario, les ofrece una experiencia más auténtica en la que el cuerpo se mide con el espacio y el tiempo. El choque de los cuerpos y el peligro de los automóviles transforman la caminata en una carrera de obstáculos, pero la verdad es que a ciertas horas y en ciertos días, es fácil encontrar calles más o menos desiertas donde asaltar las calzadas para sortear los impedimentos físicos. La solución a este problema, y ya lo anunció el anterior alcalde a bombo y platillo en su proyecto Walkable City, se basaría en el incremento de las calles peatonales a costa de la ampliación del transporte público.

Intuyo que esto que voy a decir ahora puede parecer un contrasentido, en la medida en que una ciudad peatonalizada trae consigo, de manera implícita, la adquisición de áreas ganadas para el espacio público. Sin embargo, en los últimos años se está produciendo un fenómeno interesante en varias ciudades del mundo, y es la corporativización, acompañada de la pseudo-privatización, del espacio público mediante la transformación de dichos lugares en no lugares, según el concepto creado brillantemente por el antropólogo Marc Augé. La remoción de los bancos en las plazas de varias ciudades conlleva la transformación de tales espacios en lugares de circulación o de paso limitado, en los que tan solo es posible disfrutar placenteramente de la experiencia urbana a través de las mesas y sillas de bares y restaurantes que han terminado por ocupar una gran parte del suelo y, con ello, han transformado el goce gratuito en una comodificación del mismo mediante el consumo de un café, un trago o un refresco.

Plaza de Chueca, Madrid. Fuente:http://www.objetivoviajar.com

La perversión de esta actitud lleva implícita una fuente de ingresos para la alcaldía –que renta los pies cuadrados de las terrazas a los propietarios de los locales a precio de oro– y, también, para los propios establecimientos, que se ven obligados a encarecer el precio de la consumición para afrontar el alquiler del espacio. El espectáculo sensorial que antes era gratuito se desliza ahora hacia su mediatización a través de los mecanismos del consumo y del dinero.

Asimismo, estas plazas son lugares de paso, lugares rápidos para el consumo basura en los que los turistas apenas permanecen tras recolectar sus recuerdos en forma de imágenes. Llegué, vi, vencí: obtengo una fotografía similar a la de la guía turística, la que ofrecía la publicidad de la agencia de viajes, la que satura la página de imágenes en Google. Sostiene de nuevo Marc Augé en Por una antropología de la movilidad: “(El turista) es un consumidor de exotismo, de arena, de mar, de sol y de paisajes (por no hablar de otros eventuales tipos de consumo) pero, aunque se encuentre en otro lugar, siempre seguirá estando en su país, ya que todo le conduce a ello: sus compañeros, los comentarios que intercambian, la comodidad que se le ofrece, la naturaleza estereotipada de las cadenas hoteleras, las películas que graba para ver más tarde, a la vuelta, y la brevedad de su estancia o de su travesía en barco. En última instancia, se queda en casa o cerca de su casa y se las arregla para reducir a los demás a una simple imagen: sólo necesita encender la televisión o visitar un parque temático”.

Esta transformación de la propia ciudad en un parque temático (analizada concienzudamente en el caso estadounidense en el célebre libro colectivo editado por Michael Sorkin), esta paralización del lugar en la mera reproducción de un pasado idealizado y nostálgico, puede bordear el ridículo cuando el peligro de la melancolía fuerza a la construcción de una réplica. Y, curiosamente, uno de los mejores ejemplos no proviene del presente, sino que fue realizado hace muchas décadas. Me estoy refiriendo al Poble Espanyol o Pueblo Español, en Barcelona. El Poble Espanyol surge en la España de principios del siglo XX a partir de la tradición regionalista, asociada en algunas zonas al desarrollo de la identidad nacionalista. Se trata de la recreación ideal en plena colina del Montjuïc de un pueblo-tipo español, construido especialmente para la Exposición Universal de 1929. Consta de 117 edificios, calles y plazas de España. Se concibió, por tanto, como un collage urbano, como un museo imaginario al aire libre en el que los visitantes extranjeros a la ciudad de Barcelona podían disfrutar, de un vistazo y sin invertir infinitas horas de viaje y escasas millas, de toda España. La idea tuvo tanta repercusión que volvió a replicarse en Palma de Mallorca e, incluso, se creó una versión autóctona en la isla de Gran Canaria, creada por el artista Néstor Martín Fernández de La Torre y su hermano Miguel en 1939.

El Pueblo Español debía ser derribado tras culminar la Exposición pero, al igual que ocurrió con la Torre Eiffel en 1889, decidió ser conservado. Sé que la comparación resulta osada, pero estas contraposiciones con la modernidad occidental ha sido una constante en España. Siempre que pienso en este ejemplo, viene a mi mente la primera secuencia rodada en cine en mi país. Si lo primero que plasmaron los hermanos Lumière sobre una película fue la salida de los trabajadores de una de sus fábricas en la ciudad de Lyon, inmortalizando así las huellas más audaces y más siniestras de la modernidad a través de la producción del trabajo, en España por el contrario se hacía lo propio rodando la salida de la misa de doce de la Iglesia del Pilar de Zaragoza. Algo de esto hay en el libro que presentamos en relación con los espacios del poder, especialmente los del feudalismo tardío representados en la Catedral, San José y Casa Blanca.

Frente a la trivialización en la que puede caer la observación de lo arquitectónico, San Juan oculto no se presenta como una guía turística al uso. Lo que nos propone es una lectura de la ciudad en la que las múltiples capas históricas se solapan a golpe de pulsiones sociales, políticas y económicas, señaladas por rutas de distintos colores. Por tanto, no esperen que el adjetivo oculto traiga consigo esquinas solitarias, negocios oscuros o sucesos siniestros, que los hay, pero no en la literatura del libro. Pues lo que nos desvela el autor es el trasunto que ha configurado la ciudad, en una interpretación en la que la arquitectura y el arte se mezclan con la historia y, en concreto, con el análisis somero de los mecanismos del poder y con los ritmos de la vida cotidiana. En concreto, en la macro historia vinculada a la Catedral y la Fortaleza, y en la microhistoria cristalizada en las viviendas populares y los patios vecinales. Lo que tendrán ante sus ojos no es tanto una descripción horizontal como una interpretación transversal: frente a la lectura meramente tipológica y formal de los edificios, la de las mentalidades que cristalizaron esas estructuras como símbolo de su estar en el mundo. Tal lectura transversal y social de San Juan está imbuida, además, de una invitación al acto de caminar, según ha sido analizada por estudiosos como David Le Breton. Esto es, la vuelta al goce corporal del acto del paseo como rechazo a una civilización anclada en el sedentarismo y en la cultura del automóvil, que ha convertido al propio cuerpo en una prótesis más que en una totalidad de nuestro estar en el mundo.

Porque pasear no es tan solo una actividad lúdica en sí misma, sino una forma de conocimiento insólita, en la que el azar de lo desconocido sale literalmente al encuentro de lo ya aprendido. Resulta curioso que uno de los sinónimos más usados del término sea la palabra “errar”, cuyas dos acepciones más conocidas resultan a todas luces dispares: define, al mismo tiempo,caminar sin rumbo fijo y equivocarse. Ninguna de ellas encierra un significado positivo. La primera, caminar sin rumbo fijo,incide en una actividad carente de objetivo dentro de una cultura marcada por el empleo productivo del tiempo. La segunda, equivocarse,por razones obvias.

Sin embargo, la interpretación negativa del vagar por la ciudad vino a cambiar a principios del siglo XX con la llegada de las vanguardias artísticas y, especialmente, con el surrealismo. Esta vanguardia dio lugar a obras literarias de enorme calado, como Le paysan de Paris, escrita por Louis Aragon, y Nadja, de André Breton. En la primera, Aragon se ponía en la piel de un campesino que visitara dos lugares de París claramente anticuados para la modernidad, como el Pasaje de la Opera y el Parque des Buttes-Chaumont. Breton descubría un nuevo París gracias a la ayuda de la misteriosa Nadja, con la que recorría, como dos sonámbulos, rincones insólitos de la gran ciudad. El problema de ambas travesías era su subordinación al reino del inconsciente y, en el caso de Breton, la visión patriarcal del amor cortés empleando la figura de la mujer como mediadora de la imaginación masculina.

Es, sin embargo, la lección que extrae de ambas Walter Benjamin, combinada con la figura del flâneur baudelairiano, la que más me interesa en relación con el libro que estamos presentando. El paseo del flâneur por los pasajes se adivina, entonces, como la subsunción de los anhelos y las pulsiones del deseo surreal en la cartografía del capitalismo industrial, y del consumo vinculado a él, durante la época de su formación, con la mercancía transformada en fetiche como fruto de ese deseo. No digo que Lizardi establezca ese paralelismo explícitamente, pero sí que la lectura derivada de su discurso deja claros los hilos socioeconómicos e ideológicos que han entretejido el entramado sanjuanero y cómo la fetichización del edificio se relaciona a partes iguales con el deseo y con la memoria.

      

Cierto es que comparto enormemente la interpretación general de la ciudad articulada en el libro, si bien he de confesar que mi primera aproximación al viejo San Juan estuvo relacionada en mayor grado con las irracionales pulsiones de una deriva. Y me apetece emplear este término no solo por sus referencias situacionistas, sino por las connotaciones que inspira la propia morfología de la ciudad que, como un barco, se proyecta en punta hacia el océano. Efectivamente, mi primer contacto con la ciudad fue intuitivo y accidental. Situado entre el Morro y la Escuela de Artes Plásticas, comencé a vagar sin rumbo fijo por las calles de la ciudad. Creo que es la primera y única vez que he visitado una ciudad sin la ayuda de un mapa, entre otras razones, porque no había tenido tiempo de comprarlo. Guiado por un impulso que no sabía entonces de dónde provenía, fui transitando por las calles según los estímulos que los colores y los olores me iban ofreciendo. Porque esto es algo que siempre le comento a mis estudiantes y a mis amigos y amigas caribeños siempre que hablamos del asunto: cuando se ha nacido o criado en el Caribe, a todo el mundo le parece normal y generalizada la radiante intensidad con que la luz solar incide en los colores. Sin embargo, para alguien que proviene de la zona templada del planeta, no es igual un rojo bermellón, un azul turquesa o un amarillo albero; entre otras razones, debido a la saturación que el sol regala a las superficies coloreadas. Mis ojos, acostumbrados a una luz menos cegadora durante nueve o diez meses del año, creía haber reconocido como tales las calidades de un azul celeste, de un naranja o de un verde lima. No obstante, esa suposición se mantenía tan solo como una mentira. Contemplando el verde intenso de la vegetación, casi negro, y las fachadas del viejo San Juan, articuladas como un caprichoso arcoiris sobre los edificios, aprendí a ver lo que hasta entonces me había sido negado: el color con mayúsculas. Y, en ese momento, para mí carecía de importancia la literalidad o no de esa gama cromática desplegada sobre la arquitectura en relación con la que habría tenido en su origen, porque esos pies cuadrados destilaban tanta fuerza, y tan grande era mi emoción al descubrirlos, que ya desde entonces esa sensación del color jamás me ha abandonado.

Y con el color, el olor. De las ventanas abiertas y de los restaurantes se desprendían esencias que ya conocía, pero más atenuadas. La canela y el café, el recado y el ron, el ajo y el ají, el pimiento y la pimienta. Todo ello se mezclaba como un almizcle en el éter y, de allí, penetraba en mis fosas nasales, que eran las de un yo que comenzaba a transformarse en un otro. Sin duda, la ruta de los olores en las ciudades es uno de los grandes recorridos aún por descubrirse. Comprendo que podrán pensar que mi descripción resulta demasiado embriagada en un gusto heredado por lo exótico, pero he de reconocer que en esto sigo la máxima, de nuevo, de Charles Baudelaire y afirmo tajantemente que “hay que ser sublime sin interrupción”.

No obstante, he de confesar que había algo más que me acompañaba en mi primera visita al viejo San Juan. Desde que puse el pie en el área de Ballajá intuía que no había de perderme porque, en el fondo, yo ya había estado previamente un lugar parecido. Si bien no se trataba de San Juan ni de ninguna otra ciudad caribeña, sí lo había hecho en varias ocasiones en el casco histórico de la ciudad de Cádiz, donde un marino inglés se había establecido hace más de doscientos años para, entre otras cosas, dejarme su apellido por ser mi trastarabuelo. Porque Cádiz es la ciudad más caribeña de Andalucía: hay en ella algo de La Habana y de San Juan, como de ella algo hay en ambos puertos de América. Sobre esto, también en el fondo, nos habla el libro de Jorge Lizardi. Sobre la historia con mayúsculas y con minúsculas. Sobre nuestros propios genes, y sobre los espíritus de la ciudad que nos conducen, de forma invisible y certera, por aquel laberinto de calles que continúa fascinándome varios años más tarde.

Guia SJOPara adquirir un ejemplar del libro San Juan Oculto, pueden comunicarse con Pedro van Marissing al email: marissing1607@gmail.com, o entrar a la página de la Fundación San Martín de Porres, http://www.fusamp.org/

También pueden visitar el blog de los recorridos por San Juan:

http://sanjuanoculto.blogspot.com/

donde encontrarán más información para la adquisición del libro.

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3 Comments

  • November 19, 2013

    Rafael

    Agradecido infinitamente a ambas, Rosario y Raquel. Siempre.

  • November 18, 2013

    Rosario Romero

    Inteligente y estimulante como siempre. Gracias por esta estupenda reseña.

  • November 18, 2013

    rtarzola

    Hermoso y emotivo escrito Rafael. Lo he disfrutado muchísimo.